Se levantaron las copas. Se brindó por la salud de los nuevos jubilados. Todo alegría, bullicio, parabienes, ¡Todos se querían cordialmente!.....
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Hace cuarenta años y un par de meses, un joven bisoño, recién terminados sus estudios y cumplido con sus obligaciones patrias en el ejército, recibía una llamada telefónica. Se le comunicaba el haber sido admitido en la plantilla de la empresa, había superado las pruebas selectivas y se le esperaba para iniciar su vida profesional en esa misma mañana.
A la hora prevista, Jorge se había presentado a sus jefes, había firmado el contrato y todos los papeles que le certificaban su nuevo status. ¡Ya era un empleado de banca!, su sueño se había cumplido. Saludaba a sus nuevos compañeros, algunos novatos, como él, otros veteranos de los que debería aprender la práctica de su oficio. Conocía su puesto, lo estrenaba, la silla, la mesa..., todo bien, todo emocionante. Se le explicaba el cómo debía de comportarse, trabajar, quién y cómo era su jefe directo, en resumen todo lo que es necesario saber el el Banco San Silvestre.
Empezó a pasar el tiempo, Jorge empezó a controlar sus obligaciones, empezó a funcionar. Aprendió a distinguir al compañero del competidor y a darse cuenta que cada día había menos compañeros y más competidores. Empezó a cometer los primeros errores, a corregirlos y en ese ejercicio a saber quién era leal y quien no.
Ya sabía distinguir con bastante seguridad a los “trepas”, a los “pasotas”, a los expertos del “escaqueo” y a los pobres desgraciados, que también los hay, responsables de su trabajo y cumplidores de sus obligaciones. Para su desgracia, Jorge pertenecía a este último grupo.
Ciertamente procuraba no renunciar a sus derechos, pero anteponía la ejecución de sus obligaciones y esta circunstancia le privó del disfrute de ciertos derechos en determinados momentos. Nunca se quejó pero los años fueron pasando y las circunstancias empezaron a pesar y los ímpetus juveniles empezaron a dejar paso al cansancio y los ánimos a decaer.
Los “trepas” empezaron a ocupar puestos relevantes, mejor pagados y prosperar en su escalafón profesional. Los pasotas, aliándose a los del escaqueo aprendieron rápidamente la ley del mínimo esfuerzo y los que como Jorge optaron por la responsabilidad y el cumplimiento de su trabajo, empezaros a tener problemas.
Cuando la mediocridad, unida a la adulación y acompañadas ambas por ambición llegan a puestos de responsabilidad, se convierte en clara ineptitud. Estas características son propias de los trepas y los trepas, a su pesar, lo saben. Por lo tanto buscan junto a ellos a gente que no les haga sombra ni les incordien y que puedan manejar según sus intereses. Jorge y la gente que actúa como él empiezan a ser molestos, hay que explotarles o echarles. Empieza el acoso laboral, el móving.
En los últimos años el trabajo se convirtió en una pesadilla para Jorge, se vio explotado, marginado y despreciado. Sufrió episodios de ansiedad nerviosa, dejó de creer en su trabajo y empezó a desear ansiosamente la jubilación
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En un rincón del comedor, discretamente oculto entre los homenajeados, estaba Jorge. No levantó la copa, por el contrario la posó con calma en la mesa, se levantó silenciosamente y, asqueado, se dirigió a la calle, encendió un cigarrillo y lentamente se dirigió a su casa donde le esperaba su mujer, la única persona en la que confiaba.
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